sábado, 19 de noviembre de 2016

Cuatro sintonías de jazz de la TVE franquista

El jazz, una de las músicas fundamentales del siglo XX, goza de escaso reconocimiento en España por diversos factores, de los que posiblemente el más grave sea la represión cultural ejercida por el franquismo. Si bien la censura y el dirigismo afectaron a todos los géneros musicales que no se ceñían a los ideales nacionalcatólicos, el jazz fue particularmente odiado por los fascistas españoles por representar la  música degenerada (Entartete Musik) que tanto desagradaba a Hitler y Goebbels.

Durante los años del franquismo que me tocó sufrir — los que corresponden a mi infancia – no era fácil para un niño acceder a una oferta musical variada. Los discos eran caros, la radio monótona, las salas inaccesibles a los menores de edad. Solo había un medio cultural permanentemente disponible y gratuito: Televisión Española, en glorioso blanco y negro, por lo demás igual de escuálida y monocroma en lo que respecta a la música.

Ahora bien; en medio de ese sustrato insulso se colaron en mi memoria algunas esporas inadvertidas que acabarían por convertirme — contra todo pronóstico — en un aficionado al jazz.

Por entonces, TVE no solía encargar las sintonías musicales a un compositor, sino que recurría a discos antiguos preferentemente instrumentales y no sujetos a derechos de autor. El caso es que esas musiquillas de apertura o de fondo se repetían una y otra vez, en contextos muy similares. Las recepciones de Franco en El Pardo se acompañaban con una grabación de un cuarteto de cámara de Haydn. Piezas del constructivismo ruso, muy descriptivas, amenizaban las imágenes de industrias a pleno rendimiento.


Y, contra toda lógica, algunas de aquellas sintonías eran piezas jazzísticas, elegidas no sabemos por quién ni por qué motivo. Esas melodías que arraigaron en mí como una mala hierba o una buena canción publicitaria fueron mi primer contacto con el jazz, y a fuerza de repetirse tarde tras tarde acabaron por contagiarme la pasión. No espero que entre los lectores de este artículo se obre el mismo efecto, pero si cuentan cierta edad tal vez les asome revoltosa la nostalgia.  Aunque no he podido localizar las grabaciones exactas,  a partir de mis recuerdos he espigado en Internet las que podrían resultar más similares o por lo menos, igualmente evocadoras. 

El artículo completo se publicó en Hyperbole.es (18.10.2016). Si quieres leerlo y escuchar las cuatro sintonías, pulsa aquí: http://hyperbole.es/2016/10/cuatro-sintonias-de-jazz-de-la-tve-franquista/



sábado, 28 de mayo de 2016

Discurso del acto de Graduación de Bachillerato. Instituto Doctor Marañón, 27 de mayo de 2016


Estimadas graduadas y graduados, estimado equipo directivo, estimados compañeros, madres, padres, familiares y amigos. Gracias a todos por acompañarnos en este acto en el que celebramos la graduación del Bachillerato de la promoción de 2016 del instituto Doctor Marañón. Muchas gracias y enhorabuena a todos los que hoy recibís vuestro diploma de Bachillerato.


Quiero dirigirme primero a todas las madres y padres de los graduados para felicitarlos en este logro que no es solo de los estudiantes, sino también de vosotros sus progenitores, quienes les habéis facilitado el apoyo y los medios durante esta etapa. Os felicito y os ruego que sigáis apoyando a vuestros hijos, que continuéis prestándoles ese apoyo material y moral que tanto necesitan. Y quiero también, en nombre de todo el equipo del IES Doctor Marañón, agradeceros que nos hayáis confiado a vuestros hijos, y que hayáis elegido la ESCUELA PÚBLICA. La escuela pública, la única que es de tod@s y que es para tod@s, la que garantiza la promoción en igualdad de condiciones de los jóvenes en un ambiente inspirado por la ciencia y la libertad.



La graduación es un acto de especial importancia institucional, significativa y emotiva. Institucional, porque se completa una etapa de nuestro sistema pedagógico, con todas sus consecuencias educativas, sociales y laborales.

Significativa, porque se evidencia vuestra capacidad de estudio y de sacrificio, vuestro esfuerzo intelectual y físico con el que habéis vencido tantas dificultades y postergaciones.

Y emotiva, porque abandonáis el instituto que ha sido vuestra casa y tenemos que deciros adiós.

Atrás quedan seis años llenos de clases, exámenes, deberes, bromas, risas, llantos, trabajos, el primer beso, la primera decepción, excursiones culturales y largas tardes de estudio.



Del tiempo que he compartido como profesor con vosotros tengo muchos recuerdos, pero es forzoso seleccionar unos pocos. El primer recuerdo viene de cuando os tuve como profesor de Lengua en 1º de la ESO. A finales de octubre os encargué redactar historias terroríficas al estilo de las leyendas de Bécquer como “La noche de las ánimas”. ¡Nunca lo hubiera hecho! Escribisteis unos cuentos tan terroríficos que estuve varias noches sin poder pegar ojo y todavía hoy me sucede que me despierto estremecido de terror de pesadillas provocadas por aquellas lecturas.



Dos años después, en 3º, además de Lengua os impartí aquella asignatura de Taller de Teatro, hoy tristemente eliminada por la LOMCE. Allí algun@s de vosotr@s despuntasteis vuestro talento como actores y actrices. ¡Incluso acabamos representando un Shakespeare donde todos los personajes acababan muriéndose y tendidos sobre el suelo!

  

Y qué me decís del viaje a Roma de 4º de la ESO junio de 2014 ¡Inolvidable!  La Piazza Navona, Via Veneto, el Circo máximo, la escalinata de la Plaza de España… Aquellas cenas en el restaurante Il ragno d’oro… Pero ahora quiero hablaros del Gianicolo.  



El Gianicolo, sí, la octava colina de Roma. Esa que trepamos la primera tarde bajo la dirección inflexible de Fernando Sánchez, que permanecía insensible a vuestras protestas cual centurión pretoriano “¿Profe, falta mucho? ¡Ay, que calor! ¡Los pies me están matando! Profe, tengo sed.¿No podemos sentarnos? ¡No puedo más! ¿Falta mucho, profe?”


Finalmente conseguimos llegar a lo alto del Gianicolo, en donde se encuentra un hermoso parque verde y una terraza con puestos de helados y bebidas. Desde allí pudimos contemplar en su vista panorámica la belleza de la Ciudad Eterna. En el conjunto, como estrellas de una constelación, se distinguían los monumentos que visitaríamos al día siguiente: La basílica de San Pedro, el castillo de Sant Angelo, El Coloseo… 




Y mientras algunos se atiborraban de helados y granizados de limón, otros saciaban sus ojos de belleza. Yo, mientras, recordaba el viejo lema latino: Per ardua ad astra.  Que traducido del latín significa algo así como “Venciendo las adversidades se llega hasta las estrellas”.



Y aquí es justo donde nos encontramos ahora otra vez. En la cumbre de nuestro particular Gianicolo, vencidas gracias a la perseverancia, las adversidades del Bachillerato, ya podemos observar las estrellas hacia las que dirigir los próximos pasos.



Cuando se alcanza una meta que algún día se vio muy lejana y difícil, la tentación de estancarse es muy grande. Sí, sí, esta noche os vais de fiesta.  Pero será una breve pausa. La vida sigue su curso. Los procesos de cambio continúan. Y el camino que se abre ante vosotros no es sencillo.



“Per ardua ad astra.” Recordadlo. En los próximos días, en los próximos meses y años, cuando estéis tentados de abandonar. Cuando el camino os parezca difícil y el destino lejano, no olvidéis recordar que más adelante os espera la meta con su hermosa vista panorámica, su seductor quiosco de bebidas y su amplia constelación de estrellas por alcanzar.



Ya no volveréis a olvidar el nombre de aquel monte: El Gianicolo. ¿Sabéis de dónde le viene el nombre? De un dios romano. Alguno de vosotros lo recordará, el dios Jano. El dios de las dos caras, bifronte, consagrado a las puertas, los porteros y el mes de enero. Jano es el dios de los principios y los finales de todas las cosas.



Y por eso Jano está esta tarde entre nosotr@s, echando el cierra de la puerta de vuestro bachillerato. Pero siempre que Jano cierra una puerta abre al mismo tiempo una nueva. Ya hemos echado la vista atrás, con los ojos que tiene Jano en la nuca. A partir de ahora, elegiremos siempre la cara de Jano que mira hacia delante.  



Cada uno de vosotr@s tiene que elegir sus propias metas. Cada uno tiene una propia vida que desplegar, un proyecto que realizar, un sueño que cumplir. Y vuestro futuro empieza ahora.  Nadie debe decidirlo por vosotr@s, porque nadie os lo va a regalar. Esta es la aventura que comenzáis hoy.



El camino será largo, tortuoso y lleno de dificultades. Y cuando tengáis tentaciones de abandonar, cuando os fallen las fuerzas… Recordad que en Roma hay un monte llamado Gianicolo desde el que se divisa un precioso panorama. Y recordad las palabras  que dijimos esta tarde: PER ARDUA AD ASTRA. 



Termino así, deseando que la alegría de esta tarde os acompañe durante los próximos años de vuestra formación. Os invito a decir conmigo: 


¡Vivan los bachilleres del curso de 2016 del IES Doctor Marañón!


lunes, 12 de octubre de 2015

Tusitala, susurrando


Ya me habéis leído antes de ahora, pero con distinta voz. Yo solo era un jovenzuelo huidizo y dolorido del mundo, abrumado por el rapapolvo que me había dedicado un profesor blandiendo un ejercicio lleno de heridas como un campo de amapolas. Aterrorizado ante la perspectiva de otra terrible regañina paterna, e influido por El diablo de la botella de Stevenson concebí en mala hora un pacto contra natura. Tracé con tiza azul líneas prohibidas en el suelo: Una X marca el lugar. Invoqué al viejo Tusitala sacrificando en holocausto un viejo ejemplar de Frederick Forsyth. “Ayúdame. Luego, haz de mí lo que quieras.” Mi sangre emborronó las páginas amarilleantes impresas por Plaza y Janés.

En la siguiente prueba escrita desoí, por considerarlas descabelladas, las ocurrencias que me llegaban como susurros. Mi situación empeoró. En el examen definitivo la desesperación me incitó a copiar al pie de la letra todas las patrañas que me dictaba Tusitala. Conceptos extravagantes, interpretaciones contrarias al paradigma, citas literales apócrifas, bibliografías de fiabilidad onírica. Llegó a tanto mi abandono, que no me sorprendí al conocer la calificación de sobresaliente.

Así, escribiendo al dictado, pude completar mi expediente académico sin mayores problemas, e incluso con felicitaciones. Acabada la universidad, soñé con la gloria literaria, asunto que hoy en día reviste mayor dificultad que en el siglo XIX. Como era de esperar, todas las editoriales rechazaron los manuscritos de Tusitala que yo firmaba. Terminé por aceptar un trabajo de negro literario, en la confianza de que así ganaría oficio. ¡Con qué dedicación me iba bisbiseando la voz los giros en la trama, las respuestas ocurrentes, los adjetivos imprescindibles, las soluciones inesperadas! Nuestro primer libro publicado alcanzó un resonante triunfo, cuyos laureles y vanidades culturales gozaba un tercero.

Transcurridos un par de años en la faena, y sin dejar de soportar mi acostumbrado ostracismo editorial, aprendí a sacar rendimiento de la situación. Trabajé a destajo para cumplir con los compromisos de renombrados escritores que aguardaban su turno en mi lista de espera. Seguiré callando sus nombres, pero reconozco que me envanecí viéndolos en sequía de ideas, reducidos a mendigar algo de nuestro inagotable genio. Les impusimos adelantos y porcentajes cada vez mayores, que no se atrevían a rehusar, pues conocían de antemano que el éxito estaba asegurado.

No tardé demasiado en cansarme de la industria editorial, de las promociones, de los escritores presuntuosos mezclándose en cócteles. Pero estaba mucho más harto todavía de escribir como un forzado, repitiendo estructuras y clichés de los que nadie obtenía sino distracción banal y negocio. Ensoberbecido, desengañado, abandoné aquel gremio. Y en mis peores pesadillas, sentía rugir las rotativas lanzando millares de libros de bolsillo, o me incorporaba sobresaltado oyendo la voz de Tusitala que chillaba en mis oídos: “¡Billetes de cien! ¡Billetes de cien!”

Después de varios tumbos laborales, recalé en un puesto de creativo publicitario. Allí inventábamos narraciones que convertían en una emocionante aventura tropical el consumo de café cultivado por campesinos miserables. Metamorfoseábamos en metáforas de aire fresco las ropas cosidas con sudores de talleres asfixiantes. Alterábamos con aliteraciones salutíferas los despojos de bestias estabuladas en condiciones insanas. Tusitala sabía que todo se vende mejor con una buena historia. La realidad ya es demasiado cruel como para aceptarla y además, querer pagar el precio.

También yo pagué un precio muy alto. Ser consciente en cada momento de las patrañas sociales que se repiten continuamente no es algo que ayude a mi timidez natural. Poseída toda mi capacidad de fabular por el demonio que me domina, y harto de tanta simulación, no acierto a fingir las mentiras que me permitan encajar en ningún ambiente, trabar amistades o enamorar a las mujeres. Únicamente me tienen en cuenta cuando coloco mis endiabladas ficciones, pero cuando me canso de mantenerlas en pie, no obtengo sino desprecio. Desprecio y soledad.

La mentira, lubricante, aflojatodo y antioxidante del mundo. Estamos programados para dispensarla por doquier, para disimular y disfrazar nuestras intenciones. Pero también para aceptarla como se aceptan los cuentos infantiles, como se acepta una disculpa, como se acepta una píldora endulzada o un placebo, con la esperanza de quien quiere agarrarse a un milagro. Y cuanto más grande el bulo, mayor es la disposición a tragarlo. ¿Hay mentiras mayores que las de los gobernantes, los banqueros, las religiones, los nacionalismos, los medios de comunicación, los deportes? Quizás las de la literatura, que se alimenta de nuestra sed inagotable de infundios. Me pregunto si será más infeliz quien no sepa engañar o quien no sepa creer. En todo caso, yo carezco de ambas habilidades.

Hace ya mucho que renuncié a copiar narraciones al dictado. Las que firmé yo las tengo apiladas por decenas en un armario, junto con las respuestas negativas de otras tantas editoriales. Desde hace una semana estoy aprovechando los amaneceres, en que parecen remitir los gritos de Tusitala, para escribir de nuevo por primera vez con la sinceridad de un adolescente. Intento poner negro sobre blanco mi ser íntimo, mi desolada soledad, la emoción que me inspiran las luces del nuevo día con sus promesas siempre incumplidas. Pero nada consigo por ahora que merezca el gasto del papel que lo sostiene. ¿Por qué soy incapaz de escribir algo que parezca tan auténtico como es mi vulgar humanidad? ¿Por qué no sirven de nada horas ante el teclado, sufriendo lo indecible, como si escribiese con mi sangre? No es de extrañar. El escritor se hace rompiendo páginas fallidas. Seguiré escribiendo, a escondidas de mis demonios, cueste lo que cueste. Sí, tendré que continuar escribiendo hasta que logre algún día publicar a mi nombre un texto que de verdad merezca leerse. Tal vez entonces conjure mi maldición. Mientras tanto, permaneceré siendo lo que Tusitala ha querido hacer de mí. Un personaje de una mala novela.



Jaime González 

Publicado en Hypérbole.es (20.09.2015). Si quieres leer el enlace original, pincha aquí: 

viernes, 17 de julio de 2015

Mi futuro y yo


Esta tarde ha venido a verme mi yo del futuro. Traía un rostro simpático, el pelo blanco, las arrugas risueñas. Se reía sin parar entre dientes. No de mí, sino de mis errores. Decía: “¡Pero cómo fuiste tan tonto durante tanto tiempo! ¿De verdad llegaste a creer que las cosas eran como te imaginaste, y no como era evidente que eran?” Se reía desde los pulmones; la risa le rebotaba en el paladar y le atravesaba los dientes. “¿Cómo no te diste cuenta antes, cómo fuiste tan niño?” Yo – quiero decir mi yo de ahora – al principio no sabía dónde meterme, bajaba la mirada avergonzado. Amainaron sus risas, y salió a relucir una sonrisa que lo perdonaba todo, que todo lo comprendía, que les daba a mis faltas la importancia que de verdad tenían: Ninguna. Solo habían sido una experiencia vital más. Solo una forma de aprendizaje. Todo estaba ya integrado y no había por qué sentir dolor. Me sentí repentinamente animado y fortalecido.

Entonces fui y lo estropeé todo. Le solté: “Oye, viejo, ¿tú no tienes de qué preocuparte? ¿No te das cuenta de que estás bien cerca de la tumba? ¿Por qué no te guardas las risas y convocas a tu yo del futuro, ya que eres tan listo?” Mi yo del futuro – el que seré en plazo cierto  – enmudeció. Frunció el ceño. Empezó a desvanecerse sin dejar de taladrarme con sus ojos. “Ya verás cuando tengas mi edad,” fue lo último que le oí.


Lo que me faltaba. A mis errores pasados y mi incapacidad presente tengo que sumarles un futuro e ineludible desencuentro generacional. 

(c) Jaime González 2015

Para leer el relato en la página de Hypérbole.es pincha en el enlace: http://hyperbole.es/2015/07/mi-futuro-y-yo/